No me
acuerdo cuándo fue la última vez que lloré tanto como ayer, cuando tuve que
despedirme de mi novio en el aeropuerto de Viena. Sólo me quedaron cinco pañuelos
de papel para secar mis lágrimas que desmaquillaron mis ojos dejándolos negros
como el cielo de la noche. Aunque el vuelo a Barcelona fue agradable y careció de
turbulencias, no pude dormir porque tantos pensamientos inundaban mi
mente.
¿Cómo
va a ser el semestre?
¿Cómo
puedo aguantar la ausencia de mi familia?
¿Cómo
puedo vivir sin que mi novio y yo nos veamos como antes?
Me
sentía como si faltara una parte de mi mente después de pasar por el control de
seguridad en el aeropuerto. Y esta parte todavía está faltando.
Llegué
sin retraso al aeropuerto de Barcelona donde pasé casi dos horas esperando el
vuelo de conexión. Mientras que buscaba la puerta de embarque correcta,
escribía con mi madre por Skype, la que intentaba animarme para que no me
sintiera triste y nostálgica. Tras el embarque en el avión llevábamos casi
media hora esperando el despegue, cuando el pilota nos dijo que no tenía el
permiso de despegue y que había una tormenta justo en nuestra ruta. Por eso,
seguimos esperando hasta que, por fin, nos levantáramos del suelo corriendo por
el aire como un caballo por un hipódromo.
El pilota acabó teniendo razón porque éramos agitatos tanto por las tormentas que varios niños se echaron a llorar
ahogando el ruido de los motores. Por fin, llegamos al aeropuerto de Sevilla
donde recogí mi maleta y fui a la parada de autobús que me llevó al Prado de
San Sebastián. Iba poniéndome nerviosa cada vez más porque la batería de mi
móvil me rogaba encarecidamente que la recargara. Como ya había anochecido y
como no vía muy bien lo que decían las señales de las paradas, no bajé en la
parada correcta así que tuve que ir andando al piso preguntando a cualquier
persona en la calle dónde estaba para no gastar los cinco porcientos de la
batería de mi móvil. Por fin, un chaval, que estaba corriendo por las calles,
me ayudó a encontrar el piso donde el dueño de la casa y su mujer ya estaban
esperándome. Primero, me saludaron atentamente, me enseñaron el piso y después
me trajeron un paquete de leche e incluso melocotones y manzanas para que tuviera
algo para comer después del viaje largo. Aunque me trataron cariñosamente,
exploté a llorar otra vez cuando hablaba con mi novio. Me sentía sola porque
nadie estaba allí aparte de mí. Y como todavía no hay internet, ni siquiera
puedo seguir hablando por Skype con mi madre o mi novio porque cuesta tanto.
Parecía como si se me rompiera el corazón.
No
dormí bien esta noche porque mis pensamientos estaban atormentándome
vehementemente. Mi madre me ha aconsejado que haga un tipo de calendario de
Adviento para ver cómo pasan los días hasta que mi novio venga a visitarme y
hasta que yo vuelva a Austria por la Navidad. Creo que este blog va a sustituir
el calendario. Así no sólo puedo matar el tiempo sino puedo contar mis
experiencias en la universidad y fuera. Espero que sea un tiempo inolvidable
que valga la pena recordarla.
¡Hasta
luego!
Kathi
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