Freitag, 16. September 2016

Día 1: La despedida, la llegada y muchas lágrimas


No me acuerdo cuándo fue la última vez que lloré tanto como ayer, cuando tuve que despedirme de mi novio en el aeropuerto de Viena. Sólo me quedaron cinco pañuelos de papel para secar mis lágrimas que desmaquillaron mis ojos dejándolos negros como el cielo de la noche. Aunque el vuelo a Barcelona fue agradable y careció de turbulencias, no pude dormir porque tantos pensamientos inundaban mi mente.  

¿Cómo va a ser el semestre?

¿Cómo puedo aguantar la ausencia de mi familia?

¿Cómo puedo vivir sin que mi novio y yo nos veamos como antes? 

Me sentía como si faltara una parte de mi mente después de pasar por el control de seguridad en el aeropuerto. Y esta parte todavía está faltando.
Llegué sin retraso al aeropuerto de Barcelona donde pasé casi dos horas esperando el vuelo de conexión. Mientras que buscaba la puerta de embarque correcta, escribía con mi madre por Skype, la que intentaba animarme para que no me sintiera triste y nostálgica. Tras el embarque en el avión llevábamos casi media hora esperando el despegue, cuando el pilota nos dijo que no tenía el permiso de despegue y que había una tormenta justo en nuestra ruta. Por eso, seguimos esperando hasta que, por fin, nos levantáramos del suelo corriendo por el aire como un caballo por un hipódromo. 
El pilota acabó teniendo razón porque éramos agitatos tanto por las tormentas que varios niños se echaron a llorar ahogando el ruido de los motores. Por fin, llegamos al aeropuerto de Sevilla donde recogí mi maleta y fui a la parada de autobús que me llevó al Prado de San Sebastián. Iba poniéndome nerviosa cada vez más porque la batería de mi móvil me rogaba encarecidamente que la recargara. Como ya había anochecido y como no vía muy bien lo que decían las señales de las paradas, no bajé en la parada correcta así que tuve que ir andando al piso preguntando a cualquier persona en la calle dónde estaba para no gastar los cinco porcientos de la batería de mi móvil. Por fin, un chaval, que estaba corriendo por las calles, me ayudó a encontrar el piso donde el dueño de la casa y su mujer ya estaban esperándome. Primero, me saludaron atentamente, me enseñaron el piso y después me trajeron un paquete de leche e incluso melocotones y manzanas para que tuviera algo para comer después del viaje largo. Aunque me trataron cariñosamente, exploté a llorar otra vez cuando hablaba con mi novio. Me sentía sola porque nadie estaba allí aparte de mí. Y como todavía no hay internet, ni siquiera puedo seguir hablando por Skype con mi madre o mi novio porque cuesta tanto. Parecía como si se me rompiera el corazón.
No dormí bien esta noche porque mis pensamientos estaban atormentándome vehementemente. Mi madre me ha aconsejado que haga un tipo de calendario de Adviento para ver cómo pasan los días hasta que mi novio venga a visitarme y hasta que yo vuelva a Austria por la Navidad. Creo que este blog va a sustituir el calendario. Así no sólo puedo matar el tiempo sino puedo contar mis experiencias en la universidad y fuera. Espero que sea un tiempo inolvidable que valga la pena recordarla. 


¡Hasta luego!
Kathi

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